Historia

El 1 de julio de 1822 el gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez y su ministro de Gobierno, Bernardino Rivadavia, decretaron la expropiación del convento de los monjes recoletos , además de su huerta y su jardín, para destinar esos terrenos a un cementerio público. Desde ese momento, quedaría prohibido el entierro de restos humanos en las iglesias de la ciudad o en sus camposantos, por razones de higiene pero también de urbanismo. Hasta ese momento, se enterraba dentro de los templos a las personas que habían contribuido económicamente con alguna congregación religiosa, con las autoridades de la ciudad o con el Virreinato. El cadáver era depositado en el camposanto, que era, generalmente, una porción de terreno detrás o al costado de la iglesia.
El flamante cementerio fue bautizado “del Norte”, porque se encontraba en esa orientación geográfica respecto de lo que en ese momento era la pequeña ciudad de Buenos Aires. El lugar era bastante inhóspito y se extendía casi hasta el borde de la barranca del Río de la Plata. La traza y la urbanización de la necrópolis fueron encargadas al ingeniero francés Prósper Catelin.

El 17 de noviembre de 1822 se celebró la inauguración oficial con una ceremonia encabezada por el deán de la Catedral, Mariano Zavaleta. Los primeros cadáveres en ingresar fueron el del párvulo liberto (hijo de esclavos) Juan Benito, y el de Dolores Maciel, a la que Jorge Luis Borges le atribuiría años después origen uruguayo, aunque esa procedencia no consta en el libro de inhumaciones del cementerio.
Resulta curioso que el primer enterrado en el que sería durante muchos años el cementerio de las clases acomodadas porteñas hubiera sido justamente un hijo de esclavos.
El del Norte fue el único cementerio de Buenos Aires hasta 1866, cuando se inauguró el cementerio del Oeste, llamado “la Chacarita vieja”. Es decir que durante cuarenta y cuatro años todos los porteños recibieron sepultura allí, sin que importara su origen social. Claro que tampoco el panorama que presentaba la necrópolis era como el actual. En ese momento el entierro era solo eso: el féretro se depositaba en una fosa, con una modesta cruz de madera sobre ella. El que tenía medios suficientes encargaba una lápida de mármol, esculpida generalmente por artesanos franceses. Muchas de ellas, fechadas entre 1830 y 1850, todavía pueden verse en las secciones más antiguas del Cementerio de la Recoleta.
En enero de 1827 se dispuso el ensanche del cementerio y un año después el gobernador Manuel Dorrego ordenó la supresión del jardín de aclimatación del antiguo convento, con el fin de ampliar el camposanto, debido al aumento de la población de Buenos Aires y a las nuevas necesidades de la ciudad. Desde ese momento se volvería costumbre que las familias adquirieran parcelas a perpetuidad para asegurarse, así, un lugar para ellas y su descendencia. Se reservó, sin embargo, un lugar para el osario, en la parte posterior del cementerio, destinado a las personas cuyos cuerpos se encontraban en las calles.
En los libros de inhumaciones correspondientes a aquellos años es muy común encontrar el registro de una gran cantidad de cadáveres de niños que habían sido arrojados en los alrededores o en los pórticos de las iglesias. Hay que tener en cuenta que las condiciones sanitarias de Buenos Aires eran bastante pobres, la mortalidad infantil era muy alta y no existían los tratamientos ni las medicinas que utilizamos hoy.

En septiembre de 1868 se sancionó el Reglamento de cementerios, que intentó ordenar el caos que existía en la Recoleta. El reglamento, entre otras cosas, obligaba al administrador de la necrópolis a registrar las defunciones con la numeración de sepulturas o nichos ocupados, y a cuidar, “que en el cementerio no aparezca esparcido hueso humano alguno, que las calles y divisiones se conserven aseadas y bien conservados los árboles”, debía estar presente en la oficina “desde la salida hasta la puesta del sol en épocas normales, y toda la noche en tiempos de epidemia”. También preveía la presencia de un capellán, “que deberá cuidar la capilla y sus ornamentos y responsar gratis todo cadáver que fuese conducido al cementerio”.
Algunos de los artículos más importantes prohibían sepultar más de un cadáver por fosa, indicaban que los restos de autopsias practicadas en los hospitales o en la sala del cementerio destinada al objeto debían ser sepultados en un cajón y que ningún cadáver podría ser enterrado sin que hubieran transcurrido veinticuatro horas en los casos ordinarios y treinta en los de muerte repentina.
Otro señalaba: “Todo individuo muerto repentinamente o con pocas horas de enfermedad, será depositado en la sala de observación hasta cumplir las treinta horas prefijadas”. En esta circunstancia, la tapa del ataúd “será cerrada flojamente, siendo prohibida toda clase de clavaduras”. Ante numerosos casos de muerte súbita o de catalepsia, otro artículo indicaba: “Inmediatamente después de ser depositado el ataúd en la sala mortuoria, este se abrirá y se dejará el cuerpo al aire libre, y a una de las muñecas se atará un cordón, que vendrá a rematar en una campanilla en el cuerpo del guardián”.
Ante la grave epidemia de fiebre amarilla que abatió a Buenos Aires entre febrero y abril de 1871, no se cerraron las puertas del cementerio, como aseguran varias fuentes, sino que se prohibió el entierro de personas que habían sido afectadas por la enfermedad.
Dos años después se decretaría la clausura de esta necrópolis, alegando la falta de higiene; sin embargo, todo quedó en la nada.

En 1881, el intendente porteño, Torcuato de Alvear, se opuso al cierre del cementerio y propuso su reconstrucción, inspirándose en Europa, tal como pasaría con la ciudad entera. La Recoleta comenzó a ampliarse y modernizarse: se abrieron nuevas calles y se pavimentaron, se hicieron desagües, se podaron y talaron árboles y se plantaron nuevas especies. Ya no se permitiría el uso de fosas para entierros: la construcción de sepulcros y bóvedas sería obligatoria. “Este antro informe, sucio, horripilante hasta para los mismos deudos de los que allí yacían, a tal punto lo era que ni los más cercanos se aproximaban a él, es hoy visitado con veneración por las familias, que forman romerías, llevando flores frescas y coronas en sus manos para adornar los sepulcros”, narra Calzadilla.
La reconstrucción del cementerio estuvo a cargo del arquitecto Juan Antonio Buschiazzo, quien además diseñó el pórtico de ingreso y el cerco perimetral de ladrillos. La capilla fue remodelada totalmente y el intendente Alvear hizo colocar un Cristo, realizado en mármol de Carrara por el escultor italiano Giulio Monteverde.
La llegada masiva de inmigrantes europeos transformó la decoración de las sepulturas. Muchos italianos se dedicaron a la confección de estatuas, bustos y ángeles para el cementerio. Las familias adineradas contrataban especialmente a escultores para ornamentar sus grandes sepulcros, que debían ser la continuación en el otro mundo de sus fastuosas viviendas. Comenzaron a verse también lujosos vitraux y puertas labradas con diferentes figuras alegóricas a la muerte.