Preguntas Frecuentes

¿La Recoleta todavía funciona como cementerio?

Sí, claro. Es uno de los tres que tiene la ciudad de Buenos Aires,
junto al de Chacarita y al de Flores. Muchos visitantes piensan
que, al ser una especie de museo a cielo abierto, por la gran
cantidad de bustos y esculturas, ya no se realizan inhumaciones.
Otros creen que el lugar “está lleno”. En realidad, no es que no
tenga más capacidad, sino que no hay terreno disponible donde
construir nuevas bóvedas, pero cada una de ellas seguramente
dispone de lugar en su interior. En caso de no ser así, se pueden
cremar los restos de los antepasados para permitir las nuevas
inhumaciones.

¿Quién puede ser enterrado en la Recoleta?

Solo las personas cuyas familias tengan bóveda en el lugar o
aquellos a quienes se les ceda un espacio dentro de ellas. Los
nichos no son propiedad privada, sino que pertenecen al Gobierno de
la Ciudad, y su usufructo se renueva anualmente.

Un equívoco frecuente es hablar de un “entierro” o de una
“inhumación” en la Recoleta. “Inhumar” significa “colocar en el
humus”, o sea en la tierra. Pero en este cementerio ya no se
realiza esa práctica: los féretros que van a las bóvedas o nichos
se “depositan”.

¿Por qué algunas bóvedas se encuentran en mal estado o abandonadas?

Al tener régimen de perpetuidad, las bóvedas van pasando de una
generación a otra. Muchas familias quizás no tuvieron descendientes
y otras quizás no tengan dinero o interés en reparar y mantener los
sepulcros de sus antepasados.

¿Por qué no hay mal olor en el cementerio?

Los féretros que serán depositados en los nichos o las bóvedas
tienen en su interior otro, metálico. Este solía ser de bronce o de
zinc, dependiendo del poder adquisitivo de la familia del difunto.
En la actualidad, los cajones metálicos son de plomo amalgamado,
zinc o hierro galvanizado y tienen un espesor de 1,5 milímetros.
Las cajas metálicas deben tener una garantía de por lo menos quince
años, de acuerdo con una resolución del Gobierno porteño de 1996. A
estas cajas se les suelda con estaño una chapa que las cubre por
arriba, y luego se les atornilla encima la tapa de madera del
ataúd. Por disposición del Gobierno de la Ciudad, es obligatorio
que tanto la caja metálica como el ataúd de madera lleven una placa
de metal con el nombre del difunto y su fecha de fallecimiento.

Hasta la década de 1940 las funerarias colocaban en el fondo de la
caja metálica una capa de cal de unos tres centímetros de espesor,
para que absorbiera los líquidos cadavéricos y evitara su derrame.
Ese delgado colchón se cubría con un papel y encima se le colocaba
una tela para que no tocara directamente el cuerpo. Este sistema
fue reemplazado finalmente por una capa de polietileno de varios
micrones de espesor.

El cajón tiene, además, una válvula de seguridad para liberar
gases, que evita el estallido del ataúd, espectáculo seguramente no
muy agradable de presenciar. Esta válvula permite el paso de los
gases de adentro hacia fuera, pero no al revés. Y para que esos
gases no salgan con mal olor, dentro del féretro, y justo debajo de
la válvula, se coloca un recipiente con formol, que los purifica
antes de ser expulsados.

¿Tiene crematorio la Recoleta?

No. El crematorio de la ciudad se encuentra en el cementerio de la
Chacarita. Los deudos que así lo deseen pueden retirar los féretros
de sus familiares y enviarlos al crematorio. Las cenizas pueden
volver o no a la Recoleta.

Una ley porteña autoriza al Poder Ejecutivo local a “disponer el
aprovechamiento de los ataúdes de madera en buen uso, provenientes
como consecuencia de la cremación de los respectivos cadáveres,
destinándolos al transporte de los restos no reclamados de personas
fallecidas en los hospitales dependientes del Gobierno de la
Ciudad, como asimismo para ser utilizados en los servicios
gratuitos que realiza el Gobierno de la Ciudad […] para personas de
escasos recursos”. En esos casos, los féretros deberán ser
desinfectados en el crematorio del cementerio de Chacarita.